jueves, 16 de julio de 2020

Ecosistemas áridos Estudian el impacto del cambio climático


Estudian el impacto del cambio climático en los ecosistemas áridos

Un equipo internacional de investigadores, del que participaron especialistas del INTA, reveló qué ocurre a medida que los ecosistemas áridos se vuelven más secos.

Para el año 2100, estiman que más del 20 % de la superficie terrestre será árida y se afectarán atributos fundamentales para la vida.

En la actualidad, las zonas áridas cubren aproximadamente el 41 % de la superficie terrestre y albergan al 38 % de la población global. 

Un estudio recientemente, publicado en la revista Science, aporta nuevos datos sobre cómo los aumentos de aridez, como consecuencia del cambio climático, afectan a los ecosistemas más frágiles.

La investigación fue liderada por especialistas de la Universidad Pompeu Fabra y la Universidad de Alicante –España– en colaboración con el Instituto de Suelos del INTA.

Durante el estudio, se analizó la mayor compilación de datos empíricos sobre zonas áridas realizada hasta la fecha.

“Nuestro objetivo fue determinar cómo los aumentos de aridez, como los que se esperan con el cambio climático, afectan a los ecosistemas áridos”, explicó Juan Gaitán, investigador del Instituto de Suelos del INTA y uno de los participantes del trabajo.

“Se evaluaron atributos fundamentales de los ecosistemas, como la productividad, la cobertura y la composición de la vegetación, la fertilidad y las comunidades microbianas de los suelos, y de qué manera estos atributos cambian a lo largo de los amplios gradientes de aridez que pueden encontrarse en las zonas áridas de nuestro planeta”, detalló Gaitán.

De acuerdo con la publicación, se identificaron tres niveles de aridez –medida como la inversa del cociente entre la precipitación y la evapotranspiración potencial de cada lugar– que actúan como umbrales. Una vez que se cruza uno de estos umbrales ocurren cambios acelerados en los ecosistemas.

“El principal hallazgo fue que, a determinados niveles de aridez, pequeños incrementos en la misma desencadenan cambios rápidos, o, a veces, abruptos en las características de los ecosistemas”, explicó Gaitán, quien además es investigador del CONICET y profesor de la cátedra Conservación de Suelos en la Universidad Nacional de Luján –Buenos Aires–.

“El primer umbral se identificó en torno a niveles de aridez de 0.5, a partir del cual la productividad de la vegetación disminuye drásticamente”, indicó el investigador del INTA y agregó:

“A partir de este punto de aridez el ecosistema empieza a notar la falta de agua, las plantas cambian y sobreviven aquellas que la pueden tolerar”.

Un segundo umbral fue identificado a valores de 0.7 de aridez.

En este punto, pequeños aumentos de la aridez inducen cambios abruptos en los suelos, los cuales se vuelven menos fértiles, con una estructura más débil y, por lo tanto, más susceptibles a ser erosionados.

En este sentido, Miguel Berdugo, de la Universidad Pompeu Fabra –España– y autor principal del estudio, advirtió:

“Una vez que este umbral de aridez se sobrepasa, se ven afectados muchos atributos fundamentales del ecosistema.

Las plantas que sobreviven son principalmente arbustos que son capaces de obtener agua en capas profundas del suelo. Los microorganismos del suelo, que juegan un papel fundamental en el reciclado de nutrientes, cambian radicalmente, con un aumento de abundancia relativa de especies menos beneficiosas”.

Finalmente, a niveles de aridez superiores a 0.8, la diversidad y la cobertura vegetal se desploman. Así lo explicó Fernando Maestre, de la Universidad de Alicante –España–:

“Una vez cruzamos este umbral, el déficit de agua es demasiado grande para soportar el desarrollo de la vegetación.

La actividad biológica se reduce drásticamente y la vida pasa a estar condicionada por ventanas de oportunidad que proporcionan los raros episodios de lluvia.

Los ecosistemas se han transformado en un desierto”.



Implicancias a escala global

Los hallazgos de este estudio son de gran relevancia para comprender mejor los impactos del cambio climático en las zonas áridas, así como para establecer acciones de adaptación y mitigación apropiadas.

“Las proyecciones climáticas indican que alrededor del 20 % de las tierras emergidas del planeta podrían cruzar uno o varios de los umbrales de aridez identificados en este estudio en el año 2100”, destacó Gaitán y agregó:

“Nuestros resultados sugieren que los ecosistemas áridos pueden experimentar cambios abruptos que pueden afectar notablemente a su capacidad de proveer servicios ecosistémicos, como la producción de forraje y la fertilidad del suelo, los cuales son esenciales para las más de 2.000 millones de personas que habitan estos lugares”.

“Con la información aportada sobre cómo cambian las propiedades de la vegetación y el suelo frente a la aridez, y cartografiando las zonas más sensibles, nuestras conclusiones pueden utilizarse para optimizar las tareas de control y restauración, conservar la biodiversidad y evitar la desertificación de estos entornos”, añade Maestre.



La situación en la Argentina

Los resultados de este estudio “tienen implicancias muy importantes para el país, dado que aproximadamente 2/3 partes de la superficie de Argentina son ecosistemas áridos y no son ajenos a estos procesos globales”, explicó Gaitán.

Es importante contar con información precisa acerca de cómo cambian los ecosistemas.

Para lo cual, el INTA desarrolla una red de monitoreo de los ecosistemas áridos de la Patagonia red MARAS–.

Esta red está conformada por alrededor de 500 sitios permanentes, que comenzaron a ser instalados a partir de 2008 y en las que, periódicamente, se evalúan atributos del suelo y la vegetación.

“Al comparar las mediciones de cada sitio a lo largo del tiempo, obtenemos información sobre los cambios que están ocurriendo”, indicó Gaitán para quien “uno de los nuevos proyectos que el INTA está poniendo en marcha busca extender la red de sitios de monitoreo a todo el país y complementarla con el análisis de imágenes satelitales y datos climáticos. 

Esto permitirá detectar las zonas que están sufriendo los cambios más severos, está información es esencial para las tareas de mitigación, restauración y el diseño de políticas públicas de control”.


INTA

martes, 14 de julio de 2020

Erosión cómo revertir la degradación del suelo


Erosión cómo revertir la degradación del suelo

El deterioro del suelo no sólo implica la pérdida de nutrientes y de materia orgánica, sino que genera un costo económico y ambiental complejo y difícil de revertir.

Investigadores del INTA y de la Facultad de Agronomía de la UBA analizan la realidad de los sistemas productivos del norte de Buenos Aires y proponen prácticas para conservarlo.

En la gran región de la pampa ondulada argentina, predominan las producciones en secano (sin riego) al igual que en el resto de la mayoría de las tierras argentinas agropecuarias.

Esta situación deriva en sistemas agropecuarios altamente dependientes del agua de lluvia.

Por esto, es fundamental incrementar el ingreso de cada gota al suelo.

En este sentido, un equipo de investigadores –integrado por especialistas del Instituto de Suelos del INTA, de la cátedra de Manejo y Conservación de Suelos de la FAUBA y de la Agencia de Extensión Arrecifes INTA, analiza la realidad de la agricultura extensiva en secano del norte de Buenos Aires y proponen prácticas para conservarlo.

“Es común observar en muchos lotes agrícolas que el proceso de infiltración del agua de lluvia se ve interferido por la inadecuada fertilidad física de los suelos”, expresó Patricia Carfagnoespecialista en suelos del INTA, quien explicó que la fertilidad física de un suelo se traduce como la capacidad de aireación, el estado de compactación y la comodidad que le otorga a la raíz para crecer.

“En suelos con pendiente el agua que no infiltra, escurre en corridas y erosión en surco, que se transforman en cárcavas, con la consecuente pérdida de materia orgánica y nutrientes presentes en la superficie”, señaló Carfagno y agregó que una de las formas de degradación del suelo, tanto superficial como sub-superficial en el horizonte A –la capa más fértil–, puede ser advertido por la presencia de costras y sellos, de estructuras laminares y de otros síntomas de compactación.

“Estos síntomas están relacionados con la falta de rotaciones, uso de maquinarias de alto porte, cultivo de especies anuales que dejan poco rastrojo en superficie, riego con aguas de mala calidad y, en algunos casos, se ve agravado por el pisoteo animal”, indicó Maximiliano Eiza, especialista en conservación de suelos y agua del INTA Balcarce.

Además de la evaluación visual y directa del suelo, existen herramientas –como la determinación de las variables hidrológicas– que sirven para medir cuánta agua de lluvia entra en el suelo y puede ser utilizada por los cultivos, y cuánta se convierte en escurrimiento.


Además de la evaluación visual y directa del suelo, existen herramientas que sirven para medir cuánta agua de lluvia entra en el suelo y puede ser utilizada por los cultivos.

Ensayos realizados en suelos de Arrecifes (con y sin cobertura) con lluvias simuladas determinaron que un suelo adecuadamente estructurado y sin problemas físicos posee una capacidad de infiltración promedio de 26 milímetros por hora, mientras que los que presentan alta frecuencia de aparición de estructuras laminares oscilan entre 7 y 11 milímetros por hora de manera independiente a la cobertura.

No obstante, la cobertura tuvo un efecto importante en la disminución de la pérdida de suelo.

“Estos ensayos se llevaron a cabo en el campo de la Fundación Angélica E. Stegmann, donde se encuentran lotes con presencia de cárcavas causadas por el avance de la erosión hídrica”, señaló Cecilia Contreras, jefa de la Agencia de Extensión Rural Arrecifes del INTA, quien destacó la importancia de estos estudios para generar espacios de intercambio con los productores, asesores e investigadores.

Una de las formas más racionales para evitar la pérdida de suelo y favorecer la infiltración del agua de lluvia es la incorporación de prácticas conservacionistas que favorezcan el manejo adecuado de los recursos suelo y agua.


Simulador de lluvias que mide la capacidad de infiltración del suelo.

En este sentido, Daiana Sainz –especialista del Instituto de Suelos del INTA– puntualizó en la importancia de “mantener la cobertura del suelo, debido a que le proporciona protección y evita el impacto disruptivo de las gotas de lluvia, favorece el proceso de infiltración y disminuye, en términos generales, la generación de escurrimientos, además de aportar materia orgánica”.

Sin embargo, “en suelos donde la degradación física es muy avanzada y con alta proporción de estructuras laminares, por ejemplo, el efecto positivo de la cobertura puede verse opacado y es necesario incorporar prácticas de manejo mecánicas que mejoren la estructura edáfica”, expresó Sainz.

En cuanto a las recomendaciones que apuntan a la preservación del suelo, Celio Chagas –investigador de la cátedra de Manejo y Conservación de Suelos de la FAUBA– detalló:

“Incorporar rotaciones (diversificación de cultivos), evitar la prevalencia de un mismo cultivo e impedir el pastoreo del ganado en suelos muy húmedos”.

La composición mineral del suelo en sus diversas fracciones granulométricas, como la proporción y las características de arcillas, limos y arenas que posee, juegan roles determinantes en el comportamiento químico y físico.


Sainz: “Mantener la cobertura del suelo favorece el proceso de infiltración y disminuye, en términos generales, la generación de escurrimientos, además de aportar materia orgánica”.

En esta línea, Filipe Kraemer –investigador de la FAUBA y del Conicet– consideró que estas características afectan la agregación, la estabilidad del suelo y las diversas variables físicas, como la densidad aparente y la conductividad hidráulica saturada.

“Las estructuras laminares se componen de partículas de suelo agregadas en forma de láminas finas que se acumulan horizontalmente una sobre otra y dificultan notablemente la circulación del agua en el perfil del suelo”, explicó.

Por esto, los suelos con alta proporción de limos y arcillas del tipo illítica del norte de la Provincia de Buenos Aires son propensos a presentar estas estructuras que se agravan en suelos con degradación física.

“Con técnicas de manejo ampliamente difundidas, como incorporar cultivos de servicios, e intensificar las secuencias de cultivos, realizar siembras en contorno o terrazas cuando sea necesario y combinarlas para cortar la pendiente, es posible revertir los procesos de degradación superficial del suelo”, aseguró Sainz.

INTA

lunes, 13 de julio de 2020

Generar biogás y biofertilizantes, a partir de residuos de frutas


Generar biogás y biofertilizantes, a partir de residuos de frutas

Con el asesoramiento del INTA, la empresa Patagonia Beverage busca transformar 400 toneladas anuales de orujo, derivados de la elaboración de jugos, en energía y fertilizantes.

Un logro de economía circular con amplios beneficios ambientales y económicos.

Con una producción anual de 600 mil litros de jugo Pura Frutta y una estimación de crecimiento del 30 % para el 2020, la empresa Patagonia Beverage dio un paso más.

De la mano del INTA, busca transformar 400 toneladas anuales de orujo, derivados de la elaboración de jugos, en energía y fertilizantes.

Un logro de economía circular con amplios beneficios ambientales y económicos.

Para Lucas Zanovello –diseñador industrial del Instituto de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Agricultura Familiar (IPAF) del INTA Región Patagonia–, “los residuos orgánicos que generan algunas producciones pueden representar un problema, si no son gestionados y tratados adecuadamente”.

En este sentido, destacó el trabajo que realiza la empresa Patagonia Beverage:

“En la producción de sus jugos, Pura Frutta genera 400 toneladas anuales de residuos de orujo de frutas.

Su tratamiento y reutilización es un desafío que decidieron encarar junto con los técnicos del INTA”.

“Pusimos en marcha un plan de aprovechamiento de los residuos de la elaboración de jugos para generar biogás y biofertilizantes que puedan ser utilizados en el ciclo productivo”, explicó Martín Carro co-fundador de la empresa Patagonia Beverage.

En sus inicios, la empresa reutilizaba el orujo de la fruta procesada deshidratado como subproducto para ensilarlo y producir alimentos balanceados para consumo animal.

Sin embargo, la posibilidad de producir energía y biofertilizantes resultó una alternativa más seductora frente a la posibilidad de reducir los costos energéticos.

Actualmente, están en un proceso de traslado hacia la localidad de Villa Regina en donde contarán con instalaciones de mayores dimensiones y podrán aumentar la producción.

Allí, emprenderán el desafío de instalar un biodigestor piloto y generar bioenergía para toda la planta, con el acompañamiento técnico del INTA.

Si bien nos trasladamos a un predio más cómodo, tiene la desventaja de no contar con una red de gas natural y nos encontramos con que el costo del gas licuado es muchísimo más caro”, detalló Carro.


En la producción de sus jugos, Pura Frutta genera 400 toneladas anuales de residuos 
de orujo de frutas.

Un biodigestor para sacarle el jugo a la producción

Para el caso puntual de la juguera Pura Frutta, instalarán uno de 260 metros cúbicos en la nueva planta para procesar todo el efluente sólido y líquido.

“A priori, los volúmenes de biogás que se generan son más que suficientes para los consumos que tenemos”, aseguró Carro.

Y agregó: “Estamos estudiando la composición del fertilizante para utilizarlos con nuestros proveedores de fruta y así poder cerrar nuestro ciclo productivo y transformarlo en un emprendimiento sostenible en el tiempo”.

Se trata de un contenedor cerrado, hermético e impermeable que almacena material orgánico –excrementos de animales, desechos y restos de alimento–, genera una fermentación anaeróbica que deriva en la producción de biogás y biofertilizantes.

Este residuo orgánico que se descarga del biodigestor es un lodo-líquido con propiedades fertilizantes que contiene nitrógeno, potasio, fósforo y otros micronutrientes esenciales para las plantas.



Por su parte, Zanovello reconoció que “la adopción de esta tecnología tiene beneficios desde el punto de vista ambiental y de la sustentabilidad” y, en este sentido explicó que “la inversión inicial se recupera bastante rápido porque reemplaza un gasto en energía que es cada vez mayor”.

“Además, –agregó el técnico del INTA– es posible fabricarlos, en la medida que uno tiene los materiales disponibles, y resolver, así, el pasivo económico y ambiental que supone el hecho de generar residuos y tener que gestionarlos”.

INTA

viernes, 10 de julio de 2020

El río como barrera de especies - estudian la diferenciación genética en aves del Paraná y el Paraguay


La hipótesis clásica de las barreras ribereñas fue puesta a prueba 
en el Paraná con técnicas genómicas. 
Foto: Leopoldo Bayol.

Una hipótesis clásica de la biología fue puesta a prueba con técnicas genómicas en un trabajo encabezado por una investigadora del CONICET.

El artículo plantea nuevas perspectivas acerca de los procesos evolutivos y fue destacado en la portada de la revista Molecular Ecology.

Una hipótesis clásica de la biología evolutiva, planteada por Albert Wallace en el Siglo XIX, sostiene que los ríos podrían actuar como barreras para la dispersión de los individuos y serían la causa de que se observen diferencias entre las poblaciones que se encuentran en cada uno de los márgenes, pudiendo con el tiempo dar lugar a la formación de nuevas especies.

Esta teoría fue ampliamente estudiada en la cuenca del río Amazonas —donde fue postulada originalmente por el naturalista inglés—, pero existen pocos análisis en otros sistemas fluviales.


La reinamora grande (Cyanocompsa brissonii), mostró discordancia 
entre los distintos tipos de datos analizados. 
Crédito: © Hugo Hulsberg / Macaulay Library ML86497231

Por primera vez, investigadoras e investigadores del CONICET y de la Universidad de Cornell de Estados Unidos, pusieron a prueba esta hipótesis en el eje conformado por los ríos Paraná y Paraguay, utilizando técnicas genómicas para analizar las diferencias en siete especies de aves.

Los resultados mostraron que la diferenciación genética coincide con el río en sólo una de ellas, mientras que en las demás, las divergencias son dispares.


El celestino (Thraupis sayaca), otra de las especies analizadas en este estudio. 
Crédito: © Michael Henry / Macaulay Library ML173585741.

El estudio, liderado por investigadores del Centro de Ecología Aplicada del Litoral (CECOAL, CONICET – UNNE) y del que participaron ornitólogos del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (MACNBR, CONICET), fue publicado la semana pasada en la  revista Molecular Ecology y destacado en una nota de tapa, con comentarios de otros expertos.

Las conclusiones de esta investigación aportan nuevas ideas acerca de los procesos evolutivos de las aves neotropicales.


Juan chiviro (Cyclarhis gujanensis), la zona de contacto entre las poblaciones 
se encuentra al este del eje de los Ríos Paraná-Paraguay. 
Crédito: © Amed Hernández / Macaulay Library ML166388281.

“En este trabajo usamos datos genómicos para poner a prueba la hipótesis de Wallace en la mayor cuenca subtropical del Neotrópico y podemos decir que nuestros resultados apoyan parcialmente el efecto del eje de los Ríos Paraná-Paraguay como barrera ribereña.

No observamos que el sistema fluvial actúe como una barrera geográfica absoluta, pero sí que ha moldeado de diferentes maneras la distribución y la estructura de la población de algunas especies de aves”, explica la primera autora del trabajo, la investigadora asistente del CONICET en el CECOAL, Cecilia Kopuchian.


El brasita de fuego (C. cucullatus), la única especie analizada cuya separación entre poblaciones mostró débil asociación con el eje R. Paraná-Paraguay. 
Crédito: © Steve Walker /Macaulay Library ML65840571.

En esta investigación, los ornitólogos evaluaron el grado de diferenciación genómica mitocondrial y nuclear en siete especies de aves con supuesta diferenciación morfológica coincidente con el sistema fluvial Paraná-Paraguay.

Analizaron datos del carpintero real (Colaptes melanochloros), el chinchero chico (Lepidocolaptes angustirostris), la choca común (Thamnophilus caerulescens), el juan chiviro (Cyclarhis gujanensis), el celestino (Thraupis sayaca), el brasita de fuego (Coryphospingus cucullatus) y la reinamora grande (Cyanocompsa brissonii).

“Nos inspiramos en un estudio clásico de la avifauna del Chaco Sudamericano publicado por Lester Short en 1975, donde el autor señalaba al río Paraná-Paraguay como posible barrera para numerosas especies de aves de la región”, comenta el investigador adjunto del CONICET y director del Laboratorio de Biología de la Conservación del CECOAL, Adrián Di Giacomo.


El carpintero real (Colaptes melanochloros), otra de las especies analizadas en este estudio. 
Crédito: © Ricardo Doumecq Milieu / Macaulay Library ML59457231.

Sólo en una de las especies, la choca común, el contacto entre las poblaciones coincide exactamente con la ubicación de la barrera fluvial.

Una de las hipótesis alternativas planteadas por los investigadores consiste en que la disparidad en la divergencia y las historias demográficas observadas en las otras seis especies tiene que ver con los paleocauces.

“El río tuvo distintos cauces a lo largo de la historia en la zona en la que hoy se encuentran los Esteros del Iberá y eso pudo haber influido en la distribución de las poblaciones de algunas especies”, señala Kopuchian.

La otra posible explicación tiene que ver con las ecorregiones.

En la mayoría de los casos, las zonas de contacto coincidieron con la transición entre el Espinal y el Chaco —que coincide con la ubicación de los paleocauces— o las Pampas.


El chinchero chico (Lepidocolaptes angustirostris), otra de las especies analizadas en este estudio. 
Crédito: @ Martjan Lammertink / Macaulay Library ML29869551.

En las conclusiones del trabajo, los autores indican que el río podría haber influido directamente, como una barrera semipermeable tanto en el presente como en el pasado, o indirectamente, promoviendo el establecimiento de diferentes ecorregiones en sus márgenes.

“Esta es una diferencia respecto a los resultados que se observaron en los estudios realizados en el Amazonas.

Es un patrón que revela la complejidad que existe en esta zona, por ejemplo, en sistemas como el de los Esteros del Iberá”, advierte Kopuchian.

Este estudio, resaltan los investigadores, muestra el efecto de barrera para un río Neotropical fuera de la cuenca del Amazonas.

Además, destacan la necesidad de explorar el papel de la ecología y de los atributos biológicos en la diversificación de otras especies.


En la choca común (Thamnophilus caerulescens), el contacto de las poblaciones coincide exactamente con la ubicación de la barrera fluvial. 
Crédito: © Ricardo A. Palonsky / Macaulay Library ML62060641.

Por Cecilia Fernández Castañón – CCT Nordeste

Referencias bibliográficas

Kopuchian, C., Campagna, L., Lijtmaer, D. A., Cabanne, G. S., García, N. C., Lavinia, P. D., … & Di Giacomo, A. S. (2020). A test of the riverine barrier hypothesis in the largest subtropical river basin in the Neotropics. Molecular Ecology. https://doi.org/10.1111/mec.15384

Nota de Perspectiva: DOI: https://doi.org/10.1111/mec.15465

Acerca de investigación:

Cecilia Kopuchian. Investigadora asistente. CECOAL.

Leonardo Campagna. Cornell University. Estados Unidos

Darío A. Lijtmaer. Investigador adjunto. MACNBR.

Gustavo S. Cabanne. Investigador adjunto. MACNBR.

Natalia C. García. Becaria postdoctoral. MACNBR.

Pablo D. Lavinia. Investigador asistente. MACNBR.

Pablo L. Tubaro. Investigador superior. MACNBR.

Irby Lovette. Cornell University. Estados Unidos

Adrián S. Di Giacomo. Investigador adjunto. CECOAL.

CONICET

miércoles, 8 de julio de 2020

Pampa Azul El Comité Interministeriall se reunió por primera vez


“Nos debemos una integralidad entre el desarrollo productivo y la sostenibilidad 
de nuestro ambiente marino”

El Comité Interministerial de Pampa Azul se reunió por primera vez para delinear el plan de actividades para el 2020.

El pasado 6 de julio se relanzó la iniciativa Pampa Azul en una reunión que se realizó a través de una videoconferencia que agrupó a los Ministerios participantes.

Seguido del acto de apertura, el Comité Interministerial discutió los ejes estratégicos y la agenda a seguir.

El encuentro estuvo encabezado por la titular de la Unidad Gabinete de Asesores y coordinadora ejecutiva de Pampa Azul, Carolina Vera, quien expresó:

“Esta iniciativa se inició en agosto de 2014 a través de la firma de un convenio con el propósito de articular las acciones impulsadas por diferentes áreas del Estado del campo de investigación científica, el desarrollo tecnológico, y la innovación productiva del mar.

Es importante recordar las misiones iniciales y adecuarlas a la gestión actual”, y resaltó:

“Nos debemos una integralidad entre el desarrollo productivo y la sostenibilidad de nuestro ambiente marino”.

En esta primera reunión, Vera planteó dos líneas de acción en las que se debería orientar el plan de actividades de Pampa Azul; por un lado, el fortalecimiento del sistema científico - tecnológico para la contribución a las políticas públicas relacionadas con el mar tales como: la puesta a punto de los barcos y expansión de la flota para investigación y desarrollo;

Incrementar el número de campañas;

Reforzar el sistema nacional de datos del mar;

Reforzar y ampliar las redes de observación y monitoreo;

Trabajar para que los fondos PROMAR sean acorde a lo establecido por la ley correspondiente, la cual establece un fondo permanente para de financiación de la investigación científico-tecnológica en el Atlántico Sur que constituye el soporte principal para la implementación de Pampa Azul; y por el otro, fortalecer las capacidades interinstitucionales de investigación y desarrollo e innovación con perspectiva federal a partir de la creación de dos centros interinstitucionales en Ushuaia y en Mar del Plata; y brindar apoyo al Centro Interinstitucional CIMAS, de San Antonio Oeste.

Asimismo, entre los temas estratégicos propuestos para los ejes de la nueva gestión, se mencionó la importancia de abordar de manera transversal la protección de los bienes naturales marinos y de incorporar la perspectiva de género.

A su tiempo, la presidenta del CONICET, Ana Franchi, sostuvo:

“Desde la creación del programa Pampa Azul hubo 49 campañas en las cuales en 26 de ellas participaron los barcos del CONICET -Deseado y Austral- de los cuales hoy estamos tratando de avanzar en sus respectivas reparaciones, ya que se consiguió por primera vez desde que tenemos los barcos, insumos y equipamiento”. “

Hay muchos investigadores e investigadoras interesados en las campañas, así que para nosotros es una gran alegría poder participar en este nuevo lanzamiento de Pampa Azul”, finalizó.

Por la cartera de ciencia además participaron el vicepresidente de Asuntos Tecnológicos del CONICET, Roberto Rivarola; y el equipo de Pampa Azul.

Los representantes políticos y técnicos de cada organismo son: el subsecretario de Pesca del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, Carlos Liberman; el director del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP), Oscar Padin; la directora nacional de Gestión Ambiental del Agua y de los Ecosistemas Acuáticos, Gabriela González Trilla, la secretaria de Política Ambiental en Recursos Naturales del Ministerio de Ambiente y Desarrollo sostenible, Alejandra Moreira; el presidente de Parques Nacionales, Daniel Somma; el titular de Secretaría de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur, Daniel Filmus, y la coordinadora de Política Oceánica y Atlántico Sur del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, Josefina Bunge; la secretaria de Ciencia, Tecnología e Industria para la Defensa del Ministerio de Defensa, Daniela Castro; la subsecretaria de Formación y Carrera del Ministerio de Seguridad, Karina Mouzo; la subsecretaria de Desarrollo Estratégico del Ministerio de Turismo y Deportes, Eugenia Benedetti; Cecilia Nicolini del Consejo de Asesores de Presidencia y el director de Intereses Marítimos de la Armada, Capitán de Navío Rodrigo Arriegues.

Sobre Pampa Azul

Pampa Azul busca fortalecer, modernizar y expandir las infraestructuras de investigación; impulsar tecnologías apropiadas para la exploración y explotación de los recursos marinos; promover la innovación productiva en las industrias vinculadas a este sector; promover la generación de conocimiento para la conservación y manejo de los bienes naturales marinos y formar recursos humanos en las disciplinas científicas y áreas tecnológicas afines.

El Comité Coordinador está integrado por representantes del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación; el Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto; el Ministerio de Agricultura, Ganadería, y Pesca; el Ministerio de Turismo y Deportes; el Ministerio de Defensa; el Ministerio de Seguridad; y el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, y tiene a cargo el diseño y la implementación de un plan estratégico estructurado sobre tres grandes ejes:

Promover la generación de conocimiento científico interdisciplinario que sirva como fundamento para la preservación y el manejo sustentable de los bienes naturales marinos.

Impulsar innovaciones tecnológicas que contribuyan al fortalecimiento de las industrias vinculadas al mar y al desarrollo económico de las regiones marítimas argentinas.

- Promover en la sociedad argentina mayor conciencia sobre su patrimonio marítimo y el uso responsable de sus recursos.

Asimismo, se propone contribuir al desarrollo de una mayor conciencia social sobre los servicios y beneficios que aporta el mar, desplegando una agenda específica de comunicación y divulgación científica.

Para ello se cuenta con una planificación a mediano y largo plazo que promueve enfoques multidisciplinarios y sinergias interinstitucionales.

La Iniciativa se concentra en cinco áreas geográficas prioritarias para focalizar los esfuerzos de investigación.

Ellas son: Banco Burdwood/Área protegida Namuncurá; el Agujero Azul/Talud Continental; el Golfo San Jorge; las Islas Subantárticas (Georgias y Sandwich del Sur); y el Sistema Fluvio-Marino del Río de la Plata.

Entre las instituciones que participan en Pampa Azul se encuentran el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), universidades nacionales e instituciones de ciencia y tecnología de los ministerios que integran la iniciativa.

Para más información ingresá acá.

MINCyT

lunes, 6 de julio de 2020

Glaciares Agua del Futuro


Glaciares Agua del Futuro

El documental relata la labor de un equipo de científicos y montañistas que se adentran en los glaciares de la Cordillera de los Andes, en Argentina, para estudiarlos y así conocer sus variaciones, su relación con el cambio climático y determinar el aporte de estos cuerpos del hielo a las cuencas hídricas y los ríos.

CONICET Documental

domingo, 5 de julio de 2020

Agricultura climáticamente inteligente - Cómo avanzar


Cómo avanzar hacia una agricultura climáticamente inteligente

Inundaciones, sequías, altas temperaturas y tormentas cada vez más intensas tienen efectos directos sobre los sistemas agroalimentarios, que deben adaptarse para mitigar el impacto del clima.

Este análisis es parte del libro “Adaptación frente a los riesgos del cambio climático, en el que contribuyeron especialistas del INTA.

El cambio en el clima es una variable constante.

La transformación en el régimen de lluvias y de temperaturas a escala global tienen efectos directos sobre los sistemas agroalimentarios.

En este punto, la clave para el sector agropecuario estará en implementar las prácticas necesarias para minimizar los impactos ambientales y adaptarse para no quedar en el intento.

En esta línea, especialistas de países Iberoamericanos describen las actividades más vulnerables y evalúan las actuaciones sobre adaptación al cambio climático en los países de la región.

Como resultado, presentaron el libro Adaptación frente a los Riesgos del Cambio Climático.

Se trata de un trabajo basado en la recopilación de fuentes, reportes y bases de datos internacionales realizado en el marco del proyecto “Evaluación de actuaciones de  vulnerabilidad y adaptación al cambio climático”, de la Red Iberoamericana de Oficinas de Cambio Climático (RIOCC).

“Debemos avanzar hacia una agricultura climáticamente inteligente”, aseguró Miguel Taboada, director del Instituto de Suelos del INTA, quien detalló:

“Es necesario implementar sistemas más resilientes y basados en tecnologías de procesos, reciclado de productos y menos uso de agroquímicos”.

El clima siempre fue un factor de riesgo para la producción agrícola.

De hecho, en la Argentina los cambios que se registran en el clima afectan de diversas formas y con diferentes magnitudes al sector agropecuario.

“Eventos ‘Niño’ en 2016/17 y ‘Niña’ en 2008/09 y 2018/19 muestran una elevada vulnerabilidad”, dijo Taboada quién, además, citó los cambios fuertes que se dieron en la alta Cuenca del Paraná y que determinaron el río baje estrepitosamente su nivel de agua.

En lo que respecta al sector agropecuario, “lo que estamos viendo es que estos cambios están vinculados no solo a la variabilidad del clima, sino a los cambios en el uso de la tierra y lo que hacemos con ella”, señaló el Director del INTA y ejemplificó:

“La expansión de la frontera agropecuaria hacia el norte y el oeste, debido al incremento de lluvias”.

Asimismo, Taboada consideró el aumento de las siembras de maíz a mediados de diciembre, cuya finalidad es evitar la falta de agua y las altas temperaturas, que ocurren en enero, o el avance en los sistemas de riego y la siembra de variedades resistentes a plagas y a sequía como ejemplos de adaptación.


Incorporación de sistemas de riego.

“El sistema agroalimentario debe modificar sus formas de producir para mitigar los efectos del cambio climático sobre las producciones agropecuarias, tanto por pérdidas de cultivos como en disminución de rendimientos o calidad”, expresó Andrea Maggio –del Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Agricultura Familiar (CIPAF)–  quien puso el foco en los sistemas productivos de la agricultura familiar de las economías regionales.

“Allí, el impacto se hace más notable dado que se encuentran en zonas más afectadas por las inclemencias climáticas”, puntualizó.

En cuanto a los desafíos para los próximos años, Taboada consideró que, si bien “las mejoras tecnológicas van a permitir desarrollar más germoplasmas adaptados y con resistencia a plagas, dependerá de nosotros hacer un uso más eficiente del agua que cae y volver a los sistemas de doble cultivo, cultivos de cobertura e impedir la deforestación”.

En este sentido, Maggio destacó el rol del Estado en la generación de conocimiento y el desarrollo de tecnologías apropiadas frente al cambio climático.

En esta problemática tan amplia, “el aporte del INTA es muy diverso, desde estudios de monitoreo ambiental, información meteorológica, prácticas de conservación de suelo, materiales genéticos seleccionados en función de su resiliencia y estudios de biodiversidad, hasta el intercambio de conocimiento y el asesoramiento técnico para producir de manera más armónica con los ecosistemas, promoviendo una gestión sostenible de los recursos naturales”, describió Maggio y agregó:

“Sin dejar de lado el trabajo en redes internacionales y nacionales abocadas a este tema que permiten el intercambio de conocimiento y cooperación técnica en esta problemática global”.


Maggio: “El sistema agroalimentario debe modificar sus formas de producir para mitigar los efectos del cambio climático sobre las producciones agropecuarias, tanto por pérdidas de cultivos como en disminución de rendimientos o calidad”.

Iniciativa regional

Especialistas y representantes de diferentes organismos de países Iberoamericanos presentaron el libro Adaptación frente a los Riesgos del Cambio Climático, un destacado trabajo cuyo objetivo fue evaluar las actuaciones sobre adaptación al cambio climático en los países de la región.

Un equipo de especialistas del INTA elaboró el capítulo 7, un segmento dedicado al sector agropecuario, coordinado por Miguel Taboada, en el que participaron Alejandro Costantini, del mismo instituto, y Andrea Maggio, del Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Agricultura Familiar (CIPAF).

De la redacción del capítulo fueron parte destacados referentes de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires junto con referentes de Brasil, Chile, México, Guatemala y Colombia.

“El libro nos planteó un desafío interesante”, afirmó Costantini –especialista del Instituto de Suelos del INTA– y agregó: “Las fuentes fueron numerosas, hay también consultas a reportes y a bases de datos internacionales.

Quienquiera que revise la literatura consultada, podrá ver que se accedió no solo a los clásicos papers científicos que provienen de revistas, sino también a muchos informes locales, en especial de las regiones del Caribe, Centro América, Amazonia y América Andina”.

El capítulo está conformado por los componentes del riesgo en relación con el sector o sistema, la caracterización de los riesgos y sus impactos, las medidas de adaptación, las barreras, oportunidades e interacciones y los indicadores de la efectividad de la adaptación.

Presenta casos de estudio, como un análisis comparativo de los avances de la frontera agropecuaria en la Argentina y Brasil, la selección de germoplasma adaptado de banana en el nordeste de la Argentina, la selección de plantas matrices de café tolerantes a la roya en Perú, la diversificación de cafetales con aguacate en México, los cambios en la fechas de siembra en dicho país, el uso eficiente del agua en el cultivo de arroz en Colombia y la agricultura sostenible adaptada al clima en Centroamérica, Caribe y el oeste de Sudamérica”, detalló Costantini.

Asimismo, es un aspecto destacado en la publicación, debido a que no solo es importante por el volumen de productos que se cultivan, sino también por la diversidad de alimentos más sanos y nutritivos, sin contaminantes y de proximidad que se obtienen.

“Todo esto, contribuirá a una menor huella ecológica ambiental”, puntualizó Maggio.

El libro surgió como resultado del proyecto “Evaluación de actuaciones de  vulnerabilidad y adaptación al cambio climático”, en el marco de las actividades de la Red Iberoamericana de Oficinas de Cambio Climático (RIOCC).

Además, cuenta con el apoyo del Programa Arauclima y del Plan de Transferencia, Intercambio y Gestión de Conocimiento para el Desarrollo de la Cooperación Española en América Latina y el Caribe —INTERCOONECTA—, ambos de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID).

INTA

viernes, 3 de julio de 2020

Hojarasca - La luz solar duplica la liberacion de carbono


Los autores del estudio: Amy Austin (izq.), Paula Berenstecher, Carlos Ballaré, 
Lucía Vivanco y Luis Pérez.

Así lo demuestra un estudio argentino en un bosque seco patagónico.

El hallazgo perfeccionará los modelos que miden el ciclo de carbono en la Tierra y su potencial impacto en el cambio climático.

Además del título de la novela de Gabriel García Márquez donde nació Macondo, la hojarasca define a los residuos vegetales compuestos de hojas secas y otra vegetación que envejece.

Ahora, científicos argentinos precisaron la contribución de la hojarasca en el ciclo del carbono y su potencial impacto en el cambio climático, por lo cual se podrán ajustar mejor los modelos predictivos que usualmente se basan en parámetros como la temperatura y las precipitaciones.

“Nuestro hallazgo cobra relevancia en particular en sistemas fuertemente estacionales con clima mediterráneo, como la mayoría de las zonas áridas de la Patagonia”, dijo a la Agencia CyTA-Leloir la doctora en biología Amy Austin, una ecóloga nacida y graduada en Estados Unidos y nacionalizada argentina que trabaja en el Instituto de Investigaciones Fisiológicas y Ecológicas vinculadas a la Agricultura (IFEVA), que depende del CONICET y de la Facultad de Agronomía de la UBA.

“Los ecosistemas áridos y semiáridos constituyen aproximadamente el 40 % de la superficie terrestre”, añadió Austin, distinguida en 2018 con el Premio Internacional L’Oréal-UNESCO “Por las Mujeres en la Ciencia” por su trayectoria y estudios de ecología de los ecosistemas terrestres en la región patagónica.

En un estudio previo publicado en Nature, Austin y su equipo descubrieron en la estepa patagónica un proceso físico, químico y biológico que faltaba en los modelos que simulan diferentes escenarios del ciclo de carbono a nivel mundial: la “desintegración fotoquímica” de la hojarasca por la radiación solar, que libera dióxido de carbono que difunde a la atmósfera.

Ahora, mediante rigurosas mediciones, Austin y sus colegas acaban de demostrar que la luz del sol duplica la pérdida de carbono a partir de la hojarasca en un bosque seco estacional en la Patagonia, según anunciaron en Current Biology.

La información que arroja el estudio “permitirá entender mejor el rol de la biota (plantas, microorganismos y otras formas de vida) interactuando con la radiación solar en los controles sobre el reciclaje de carbono y ayudará a cuantificarlo mejor. 

Los científicos podrán considerar esta variable, junto a muchos otros factores, para armar modelos más precisos a la hora de establecer diferentes escenarios de cambio climático”, afirmó Austin.


Amy Austin (izq.), directora del trabajo, y Paula Berenstecher, primera autora del estudio, en el ecosistema semiárido de Meliquina, Provincia de Neuquén, 
antes de la pandemia del coronavirus.

Experimentos en la Patagonia

El estudio forma parte de un proyecto de doctorado en ciencias agropecuarias de Paula Berenstecher, bajo la dirección de Austin.

Y participaron además Lucía Vivanco y Luis Pérez, también del IFEVA, y Carlos Ballaré, del IFEVA y de la UNSAM, quienes realizaron estudios de campo durante dos años en un bosque seco estacional en la Patagonia.

Los científicos midieron la liberación de carbono en hojarasca expuesta al espectro solar completo y atenuado con filtros de plástico de diferentes longitudes que reducen la luz visible ultravioleta y de onda corta.

“Pudimos determinar que la liberación de carbono es dos veces mayor en la hojarasca expuesta a la radiación solar, es decir, la hojarasca que recibió el espectro solar completo se descompuso dos veces más rápido que la que recibió la luz solar atenuada”, destacó Berenstecher.


Amy Austin midiendo la radiación solar en Meliquina, Provincia de Neuquén, y su impacto en la liberación de carbono contenida en hojarasca de bosques patagónicos. 
Créditos: L’Oréal-UNESCO.

Los investigadores también comprobaron que la exposición a la luz solar en la temporada seca de verano aceleró la descomposición en el invierno húmedo, lo que demostró que los efectos de la luz se extienden más allá de la estación donde la radiación es más abundante (verano).

“Si en el futuro aumenta la exposición de la hojarasca a los rayos solares, debido a cambios en el clima o cambios en el uso de la tierra, nuestro estudio sugiere que es muy probable que se exacerben las pérdidas de carbono, impactando de forma negativa en el balance de carbono en ecosistemas que son particularmente vulnerables”, puntualizó Berenstecher, quien ahora es becaria postdoctoral del CONICET en el IFEVA.

Los efectos interactivos de la exposición a la luz solar, la estacionalidad climática y su relación con la descomposición del material vegetal y su impacto en el ciclo del carbono en los ecosistemas terrestres siguen siendo un rompecabezas para resolver.

“Cuanto más entendamos acerca de cómo funcionan los ecosistemas y el fuerte impacto que tenemos los humanos, más chances tendremos de proveer información sólida a los tomadores de decisiones que pueda ser usada en el diseño de acuerdos internacionales relacionados con políticas ambientales para mitigar el cambio climático”, concluyó

Agencia CyTA-Leloir